The Transfiguration es una película de vampiros «realista». Usa a la figura del monstruo como sinónimo de marginalidad. Fuente.

«Si solo existes para lastimar gente, y lo sabes bien, entonces quizás sea mejor decidir no existir en absoluto»- Milo.

El vampiro ha sido utilizado como metáfora de la sexualidad, el pecado, la adicción, la droga, la maldad, la desinhibición, el poder, la aristocracia…, pero pocas veces se ha enfocado la figura de este ser como una metáfora de la pobreza, la marginación y la obsesión por otro mundo, tal y como se muestra en The Transfiguration del debutante Michael O’Shea, una pequeña producción dramática que al estilo de la película Martin y con ciertas dosis de Déjame entrar, nos narra la historia de Milo, un adolescente obsesionado con los vampiros, tanto que decide convertirse en uno.

El vampiro puede llegar a alimentarse de sangre, pero también de ilusión. Es una enfermedad que consume los días y las ideas de cualquiera que cae en sus garras. Y, al final, su sombra se extiende hasta convertir nuestra existencia en una larga noche.

Alejándose de los castillos transilvanos o los vampiros brillantes y castrados de Forks, Milo es un pequeño psicópata con sus propios demonios. No esperen ningún toque de cine fantástico más allá de algunos huecos argumentales inexplicables. Aguarden más bien un drama sobre esos personajes que no suelen aparecer en las películas, pero que, a veces, son protagonistas de su propia destrucción, como el propio Milo (Eric Ruffin) o su amiga Sophie (Chloe Levine). Pura desmitificación y, como dice Milo, realista, muy realista hasta resultar incómodo, con muertes cruentas, recuerdos del pasado terribles y momentos en los que sabemos que no hay ninguna esperanza.

La premisa de la película es interesante por cómo retrata a Milo como un pequeño psicópata desde la primera escena. Ruffin consigue crear a un ser amoral, alejado de las convicciones humanas, con el sueño recurrente de su madre muerta, con las muñecas abiertas, y él probando su sangre. De ahí viene el pensamiento del vampirismo como vía de escape, como una enfermedad que le corroe a él y a todos a su alrededor.

No hay fortuna para nadie en ese pequeño gueto, no hay forma de escapar, el freak siempre será el freak esperando una feria que nunca llega y la sangre jamás será suficiente alimento para los hijos de la noche, burlados por el sanguinolento día. No hay transfiguración o transformación que baste. Al final, el monstruo solo puede decidir cuánto tiempo puede serlo.

Póster de la película, con homenaje al NosferatuFuente.
Carlos J. Eguren
autor@carlosjeguren.com
¡Cuidado! No leas esta biografía. ¡Te he dicho que no la leas! Si la lees, estarás condenado… En serio… ¿Sigues leyendo? Luego no me digas que no te lo he advertido: Carlos J. Eguren está muerto, solo que no se ha dado cuenta y sigue escribiendo desde ultratumba. Es escritor en Castle Rock, profesor en Arkham, periodista en Midian, divulgador cultural en Carfax, juntaletras en el omniverso y pasto de los gusanos en todas partes. Ha publicado cuatro novelas: Hollow Hallows, Devon Crawford y los Guardianes del Infinito, El Tiempo del Príncipe Pálido y La Eternidad del Infinito. Ya prepara mediante ouija sus próximas historias que formarán parte del libro de los muertos. Espera volver a aparecerse cuan primigenio cuando pueda escaparse de R'lyeh… Ahora ya has leído su biografía, ahora ya estás maldito. ¡Bienvenido!

2 comentarios sobre “The Transfiguration: la película sobre vampiros de la que no has escuchado hablar

  1. Dicho y hecho, nunca había escuchado de esta película, pero suena interesante por todo lo que cuentas ^^ ¡Me la anoto!

  2. No es una película tradicional sobre vampiros, es otra cosa, pero por cómo usa la metáfora, me parece interesante. ¡Gracias, Alan!

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