Este relato resultó
finalista del
Certamen de Relato Corto de la Universidad de La Laguna 2012. Muchas
gracias y espero que os guste.

Prisionero de un mundo feliz

Imagen libre de derechos.

“Allí
estaba, el Rey de la Colina, el Señor de las Ruinas, el Dueño de Todo, los
monarcas y presidentes irrevocables, tratando de comprender qué significaba ser
dueños de un mundo, y qué grande era realmente el mundo”.

RAY
BRADBURY.

Había
una vez, un dios que le gustaba visitar a los humanos. ¿Cómo sabría de su
propia magnificencia de no ser así?

Al
menos, el Señor 900-Y pensaba que era una divinidad. ¿No fue él quien vendió
soledad y cambió el mundo? Si eso no era ser un Zeus o un Odín, no sabía qué
podría ser.

El
Señor 900-Y se codeaba con los humanos de una insólita manera: iba, cada día,
con la plebe hasta la Fundación en el transporte flotante (un tranvía que
atravesaba el corazón de la ciudad como una flecha). Era su manera de recordar
lo grande e importante que fue su contribución a la humanidad. Él forjó el
futuro, él hizo posible la Autoridad, él concibió un mundo feliz donde nadie
debía preocuparse por nada. Él y solo él.

En
todos los vagones, los pasajeros llevaban un yelmo electrónico, un casco de
sueños inimaginables. No hacían falta teléfonos móviles ni aparatosas tabletas
cibernéticas, tampoco viejos aparatos musicales ni nada parecido. Con aquel
artefacto (llamado la Segunda Mente) todo era posible: actualizar la Red de la
Sociedad con tu música, renovar tu avatar, ver el último holograma de moda…
Cada uno de los usuarios podía aislarse en su otra mente. No necesitaba la
compañía de nadie más. Parecía una ventaja.

La
idea de la Segunda Mente nació del Señor 900-Y. Fue cuando le pasó algo malo de
pequeño. Le pegaron y le robaron en un viejo tranvía. Hubo testigos, pero
prefirieron subir el volumen de su música o enviar un SMS a algún amigo. Si
aquellos que le agredieron hubieran sido como los demás, nunca le habrían hecho
nada malo, pues se habrían distraído actualizando su Twitter o su Facebook.
Aquella experiencia cambió al Señor 900-Y.

Los
seres humanos habían malgastado mucho tiempo y dinero en no estar faltos de
compañía sin comprender que era la soledad el mayor don posible.

Casi
cuarenta años después, iba en lo más parecido a un tranvía. No paraba de
sonreír. Se había guardado un lujo solo para él: su Segunda Mente tenía acceso
a las otras Segundas Mentes cercanas. El voyeur
definitivo. Gracias a esa trampa (él lo llamaría “don”), sabía que había cuatro
personas más en el vagón.

Estaba
la Señora 1999-P. Estaba rememorando recuerdos: preparar la comida de sus
hijos, besar a su marido, disfrutar de la compañía de sus padres… El Señor
900-Y supo era eran sueños prefabricados. La Industria Oniros insertaba
fantasías en las mentes de sus clientes bajo previo pago. Otro logro del Señor
900-Y.

También
estaba en aquel vagón el Señorito 2004-F. Disfrutaba en su Segunda Mente de la
conversación con su novia, la Señorita 2007-L. Estaba contento mientras tuviese
contacto con ella de forma cibernética. Aún no se atrevía a conocerla en la
realidad. Eso debía ser algo realmente complicado. Pensaba en descargarse algún
programa para solucionarlo. El Señor 900-Y apuntó un par de ideas para nuevos
proyectos tras “ver” los pensamientos del joven.

Había
una chica también. El Señorito 2004-F estuvo a punto de insultarla por acaparar
la Red Oniros (pero no lo hizo por el temor a socializar). El joven no sabía
que el nombre de ella era Señorita 2007-L. 900-Y disfrutó de la coincidencia.

Por
último, estaba el Señor 2100-W. Tocaba el saxo en Otra Vida, un videojuego
donde la gente podía crear un personaje y tener otra existencia. Toda la gente
tenía una cuenta desde que nacía. El Señor 2100-W, a parte de músico, era
cooperante en los Continentes de la Hambruna y disfrutaba de ayudar a los demás
a través de Otra Vida. Ya había ganado diez medallas de buen samaritano. El
Señor 900-Y disfrutó al saberlo, él diseñó el juego.

De
tal forma, 900-Y era feliz. En su Segunda Mente, soñaba con el vuelo de un
halcón, mientras, fuera, el último perro moría por la polución de la megaurbe. Al menos podía soñar con la
libertad, más allá de los cortes publicitarios (“compre su parcela en Marte”,
“sea feliz, pensamos por usted”, “nuevas cápsulas alimenticias, ahora con sabor
a pollo”…).

Poco
después de atravesar las cumbres de cristal y la lluvia de ácido de la mañana,
el Señor 900-Y recordó algo: debido a sus viajes por la frontera sideral, había
olvidado actualizar el sistema de respiración. “Un error demasiado humano”,
pensó.

Llamó
a través de la Segunda Mente para renovar el programa que le permitía respirar.
Había que pagar por tomar aire. Fue idea suya. El oxígeno era un bien caro.

—Señor
900-Y tenemos unos problemas técnicos. Deberá esperar unos minutos para renovar
el contrato.

La
voz átona de la máquina de la Segunda Mente le dio dolores de cabeza. Tendría
que rehacerla.

—Si
no respiro, no podré esperar unos minutos– dijo el Señor 900-Y.

—Lo
siento, pero no es problema de mi departamento. Pruebe en unos minutos.


Pero ¿cómo se atreve? ¿Sabe quién soy?

Colgaron.
900-Y supo que si no pedía ayuda, moriría asfixiado. Tanto tiempo con la
humanidad le había hecho débil.

Entró
en la mente de los cuatro y los cuatro lo expulsaron. La Señora preparaba el
almuerzo para su familia ficticia, el Señorito veía una película con la
Señorita y el Señor no quería ayudar en la vida real, porque no daban puntos.
Ninguno tenía un suspiro para ayudarle.

Ese
fue el preludio del caos. Llegó la asfixia con dolor y gemidos. Cayó al suelo
entre convulsiones. Buscó socorro, pero la Segunda Mente se rompió. Una idea
surgió en su mente: ¿y si cuando era niño, los auténticos villanos no fueron
los que le robaron sino los que no le ayudaron? ¿Y si distraer y deshumanizar
al mundo fue un error? Tembló y no fue por el acto de morir.

El
resto de los pasajeros solo hizo una cosa por él: subir el volumen e ignorarlo.
Otra muerte más. No importaba. No era su vida.

Carlos J. Eguren
autor@carlosjeguren.com
¡Cuidado! No leas esta biografía. ¡Te he dicho que no la leas! Si la lees, estarás condenado… En serio… ¿Sigues leyendo? Luego no me digas que no te lo he advertido: Carlos J. Eguren está muerto, solo que no se ha dado cuenta y sigue escribiendo desde ultratumba. Es escritor en Castle Rock, profesor en Arkham, periodista en Midian, divulgador cultural en Carfax, juntaletras en el omniverso y pasto de los gusanos en todas partes. Ha publicado cuatro novelas: Hollow Hallows, Devon Crawford y los Guardianes del Infinito, El Tiempo del Príncipe Pálido y La Eternidad del Infinito. Ya prepara mediante ouija sus próximas historias que formarán parte del libro de los muertos. Espera volver a aparecerse cuan primigenio cuando pueda escaparse de R'lyeh… Ahora ya has leído su biografía, ahora ya estás maldito. ¡Bienvenido!

6 comentarios sobre “Relato: Prisionero de un mundo feliz, finalista del Certamen de Relato Corto de la Universidad de La Laguna.

    1. Hola, Rydia 🙂

      ¡Muchísimas gracias! ¡Me alegro de que te haya gustado! Pienso en este tipo de cosas cuando voy en el tranvía y veo a la gente pegada a un móvil. Cosas raras mías.

      ¡Muchas gracias por el comentario! Hasta pronto =)

    1. Hola, Hitos

      ¡Me alegro de que te haya gustado!

      Pues a participar, en general no suelo enviar relatos a concursos de nada, pero ya se sabe: perder lo tienes de antemano si no se intenta.

      Ánimo y a escribir, camarada =D

  1. ¡Tongo! Esto merecía la victoria. Pelopúntico y distópico relato el suyo, mi lord.

    1. Hola, Pedro

      No creas. Me conformo con que al menos hayan reconocido un relato de ciencia-ficción (o simplemente distópico) =)

      Gracias por tu comentario, un saludo.

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