Muy bien tiene que hacerlo una persona para que todos sepan
que eran queridos por esa persona sin que nunca tuviese que decirlo
en voz alta. Esto lo he aprendido con la pérdida de mi padre.

Hasta los últimos años (y
seguramente hasta los últimos días), no me percaté de todos los sacrificios que
mi padre había hecho por mi familia: trabajar por la mañana, tarde e incluso
noche, no conocer las vacaciones ni las bajas laborales, empezar a ahorrar para
comprarnos los libros de texto tres meses antes, estar ahí cuando podía…
Pensaba: «es su deber», pero ahora sé que era su deseo para que cada
uno de nosotros pudiera tener la vida que quisiera. No creo que pueda haber
algún otro acto más loable: vivir tu vida y hacer que otros puedan vivir la
suya, colmándola de lo que quieran.

A lo largo de su vida,
mi padre ayudó a mucha gente y mucha gente estuvo a su lado. Era como era,
tenía su forma de ser muy clara, pero por cosas así muchos no le pueden ni le
podrán olvidar. Tengo muchos recuerdos con él y van ganando los positivos, los
que perduran. 

Desde que su enfermedad se agravó,
pensaba que una de las pocas fotos que tengo con mi padre era de cuando yo
tendría unos tres o cuatro años. Estoy en uno de esos correpasillos, un coche
de flamante plástico con claxon, derrapando y riéndome mientras llevo un casco
en las manos (que es el lugar más adecuado para llevar un casco cuando tienes
tres años y te arriesgas a caerte de boca). En esa fotografía, mi padre está al
fondo, sentado en un escalón, viendo mi «vuelta rápida», y tiene una
sonrisa en su cara, esa sonrisa tan suya, esa sonrisa que tienen sus hermanos,
esa sonrisa que imagino que tenían mis abuelos, esa sonrisa que creo
que tenemos mis hermanos y yo. ¿Por qué me acordaría de esa foto? Ya
lo sé. Es porque, mientras cada uno de nosotros seguimos adelante, corriendo
por ese pasillo que es la existencia, arriesgándonos a lo que sea, siendo
felices siempre que podamos como críos de tres años, tenemos ahí a mi padre,
echándonos un ojo, con esa sonrisa con la que nos dice que sabe que no nos va a
dejar caer y, si titubeamos, estará ahí para ayudarnos. No nos olvidaremos de
que él está ahí.

Muchas gracias a todas
las personas que estuvieron con él y con nosotros en estos momentos. Sé que
muchos decís que no tengo porqué darlas, pero nunca podré agradecer lo
suficiente tener a alguien con quien hablar, que me abrazase o me animase.

Muchas gracias a ti también, viejo.
Te echamos de menos. Te prometo que seguiremos, sabiendo que tú estás ahí,
cuidando de nosotros. Infinitas gracias.

Carlos J. Eguren
autor@carlosjeguren.com
¡Cuidado! No leas esta biografía. ¡Te he dicho que no la leas! Si la lees, estarás condenado… En serio… ¿Sigues leyendo? Luego no me digas que no te lo he advertido: Carlos J. Eguren está muerto, solo que no se ha dado cuenta y sigue escribiendo desde ultratumba. Es escritor en Castle Rock, profesor en Arkham, periodista en Midian, divulgador cultural en Carfax, juntaletras en el omniverso y pasto de los gusanos en todas partes. Ha publicado cuatro novelas: Hollow Hallows, Devon Crawford y los Guardianes del Infinito, El Tiempo del Príncipe Pálido y La Eternidad del Infinito. Ya prepara mediante ouija sus próximas historias que formarán parte del libro de los muertos. Espera volver a aparecerse cuan primigenio cuando pueda escaparse de R'lyeh… Ahora ya has leído su biografía, ahora ya estás maldito. ¡Bienvenido!

4 comentarios sobre “Muchas gracias, viejo

  1. Lo siento mucho, Carlos…

    Se me dan fatal estas cosas, no puedo imaginar algo más duro que lo que os ha sucedido. Y aún así has escrito esta preciosa entrada como homenaje, con esa foto tan conmovedora.

    Mucho ánimo para estos días.

    Un abrazo.

    1. Muchísimas gracias, Ana.

      Una de las cosas de las que siempre me alegraré es de poder conocer a grandes artistas que son también grandes personas y, sin duda, estás dentro de ese grupo.

      Seguiremos adelante, hay historias que contar y es lo que él hubiese querido.

      Muchas gracias.

  2. Lo siento.
    El tiempo atenúa ese dolor y deja los buenos recuerdos. Y lo mejor que se puede hacer es seguir adelante, como un homenaje.
    Saludos.

    1. Muchas gracias. Sin duda, hay que seguir adelante, sin olvidar la importancia de los recuerdos y de los mejores momentos que, al fin y al cabo, siempre son enseñanzas.

      Un saludo.

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