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¿Existe la censura en la literatura? Me temo que sí y el escritor es el peor censor de todos. Imagen de dominio público.

Esta semana se han cumplido treinta años de la
publicación de It (Eso), todo un
paradigma dentro literatura, no solo de terror, y uno de los motivos para ensalzar semejante obra es la libertad con la
que el autor se sintió a la hora de concebir su historia. Stephen King
no
se autocensuró. O al menos, no da esa impresión, a lo largo de las más de mil
quinientas páginas. Lo comentaba ayer con un amigo profesor: él (mi colega),
que debe tener unos cuarenta años, me decía que lejos de sentir esa aura de
vejez que le impulsa a decir que los jóvenes viven en un constante libertinaje,
lo que siente es muy diferente: que nuestra generación cuenta con menos
libertad que la que contó él. Y es cierto. Se
puede aplicar, sin duda, al mundo de la literatura.

No esperéis ahora un manifiesto secreto, la
declaración de una tremebunda conspiración, donde hablaré de un censor de barba
luenga, gafas con cientos de lupas y una gran pluma roja que revisa cada una de
las novelas que le llegan, mutilándolas y convirtiéndolas en esperpentos del
régimen. Puede que alguno quede, pero sería reconocer que quedan correctores
dictatoriales que sepan leer y tampoco estamos aquí para halagar a lo mejor de
lo mejor del vertedero. Además, esto es nuestra responsabilidad. No culpemos a los demás. La dictadura (de
la ignorancia y el conformismo) no ha prohibido leer, nosotros mismos hemos
dejado de leer en pos de redes sociales efímeras y otras drogas de mierda.
Este
es mi problema y el tuyo, nene. No mires a otro lado. Asume las consecuencias.

Considero que la censura en la literatura la
ejercen, a grandes señas, tres enormes monstruos: el editor, el lector y…
(Tapad los ojos a los niños para que no lo vean) el propio escritor. Me diréis
que es una visión negativa del mundo, pero recordad que el blog donde se habla
de autosuperación, cosas bonitas y todo ese rollo está a dos esquinas de aquí
(mirad, ahí está la puerta. Seguid recto. Probad si funciona. ¿Ya está? ¿Estás
fuera? Vale. Cierra y no vuelvas a entrar. Hasta luego. Gracias).

¿Por qué los editores dan más miedo que un payaso
psicópata? (Ja, cualquier escritor puede aquí daros una respuesta ingeniosa). Los
editores son terroríficos (muchos de ellos, al menos), porque no arriesgan siguiendo las modas
editoriales
. Es un negocio. Ya os lo he contado muchas veces. Prefieren
publicar la lista de la compra de un autor extranjero si ya ha conseguido fama
fuera. Ya sabéis, ir sobre seguro. Si esa obra la firmase un español al que no
conoce ni su madre a la hora de comer, no lo publicarían… A menos que se ciña a
las modas: vampiros ñoños, maltratadores de amplia cartera, sexo enmarañado en
el edulcoramiento de la falsedad, misterios encerrados en cuadros imposibles,
infraseres de Youtube con opiniones perversas sobre todo y que viven de ellas
en pos de sus seguidores… En ese punto,
sonríes sabiendo que muchas editoriales prescindieron hace mucho, aunque
farden, de querer desarrollar y potenciar la literatura y la cultura.
Eso
desapareció, amigo mío. Mírame, tú y yo lo sabemos. Eso es así y jamás
cambiará.

¿Y el lector? Pero ¿el lector no solo quiere lo
bueno? Nosotros somos lectores, ¿cómo practicamos la censura? Para empezar, no
nos ponemos trajes de bomberos y quemamos libros como en la obra Fahrenheit 451, sino que algunos hacen
algo peor: no leen libros que le suponen
un desafío intelectual.
Esto es simple, chaval: el escritor acepta un pacto
contigo, que es: compartir una historia y hacer que te fascine, mientras que tú
debes aceptar que vas a escuchar e imaginar. Si te sientas delante del
escritor, sin ganas, llevado por prejuicios, tus propios problemas y demás,
puedes culpar al juntaletras de no distraerte o lo que se te ocurra, pero no
olvides que no eres un rey y que el escritor no es tu bufón particular. Cabe
leer algunas «críticas» a autores como Alan
Moore
y su Jerusalem, donde el
lector de turno dice: «no pude pasar de la página diez, muchos personajes,
lenguaje extraño, todo muy complicado» para saber que ese crítico es un tonto
levantando la mano. Sí, se dirigen en contra de Moore, pero para mí, solo es un bobalicón agitando las manos y
diciendo: «hey, que no sé nada de nada y odio todo porque no doy para más». Y
suena duro, pero es la verdad. No estoy diciendo que deba encantarte Jerusalem, pero te estoy diciendo algo
más simple: ten buenos argumentos que no
sean que no das para más.
Leer es un pacto exigente, un desafío. Supérate.
No leas siempre la misma porquería precocinada. O sí y sigue creando un mercado
de historias clónicas. Total, destruir una forma artística siempre puede ser un
mérito. ¿No? Por mi parte, prefiero quitarme esa medalla y plantearme un reto
cada vez que me sumerjo en una novela, un relato, una obra de teatro, un poema,
un cómic…

Y antes de seguir soltando espuma por la boca, me
queda el último culpable: el propio escritor. Nosotros somos nuestro peor
enemigo. Nos encanta cortarnos las alas. Zas, zas… Pensamos: «no escribas esto,
no te leerán, no se publicará, no venderá, los lectores se traumatizarán». Y te
acabas saboteando con ese sentido de «ve por el camino que todos han recorrido
y olvídate de descubrir otros». Confórmate y vive con miedo. ¿Qué vida, eh,
merluzo?

Podría tirar piedras contra mi propio tejado (que
soy escritor, no tengo tejado, solo cartones a dos aguas), pero nunca he sentido que sea un autor que quite
cosas o se corte por el qué pensarán.
No, no voy de arrogante, de orgulloso
que levanta la cabeza y alza su caballo al amanecer (tengo tirones en el cuello
y mi caballo me mira mal). No. Simplemente, es que soy muy charlatán y nunca he
sabido cuando callarme y ni siquiera he pensado en las consecuencias. No es
algo loable, pero vaya, al menos me ha permitido sentir que escribo como quiero
y lo que quiero.

El autosabotaje… era así cuando era un crío (¿qué
pensarían de mí si leían algo siniestro? Pero yo no soy mis historias… o no del
todo), pero como esas historias no han salido de mi círculo, pues tampoco
tienen gran importancia. Lo que sé es que con Hollow Hallows aprendí a no guardarme nada ni pensar que iba a
traumatizar a alguien con mi historia. ¿Seres que se descomponen en vida?
Hecho. ¿Jóvenes que amenazan en la noche con cuchillos? Hecho. ¿Una
protagonista que se corta? Hecho. ¿Mutilaciones varias? Hecho, hecho, hecho.
Pero eso es simple decoración, lo más perturbador puede ser: ¿escribirás una
historia donde los buenos no ganen sin que nadie se sienta atacado por ello? Yo
dije: «oh, sí» y lo hice porque me apetecía hacerlo. Y la línea quedó
desdibujada. Lo mismo sentí con Devon Crawford, quería escribir una historia más optimista de fantasía (sin
renunciar al misterio), pero también incorporé algunos elementos de terror,
como ese ser que escribe todo lo que pasa en la Tienda o el personaje del
Viajero. Además de esa vocecita que me decía: «no te atreverás a poner a un
rinoceronte humanoide ni una ardilla con metralleta», a la que le respondí: «¿por
qué no?» Sin problemas. Era lo que quería hacer y lo hice.

Y si pasamos de mí (me parece lo más oportuno), ahí
tenéis el final de It (Eso) y así
retomamos el hilo y la apertura de este post. Por todos los dioses asgardianos,
¿cómo Stephen King, sus editores,
lectores y demás no se cortaron al incluir el tema de Bev y la unión de los Perdedores?
La editorial y demás dirían que sí por la fama de King, pero lo loable es que el propio King, delante de su máquina de escribir, concibió ese fragmento sin temor alguno y se agradece esa extraña
libertad de la que gozó.
Te puede gustar más o menos, pero hay que
reconocer que no se censuró y eso, hoy, es un milagro.

Si nunca habéis escrito, pensaréis que es fácil escribir la historia que realmente quieres
escribir, pero no es así.
Mercado, editor, lector, modas, tu propio don
para tirarte a ti mismo por el suelo… Al final, lo poco que depende del
escritor es eso: escribir algo de lo que
te sientas orgulloso y sacarlo al mundo del mejor modo posible.
O puedes
pasar por el aro. Al final, todos seremos olvidados y nuestra libertad será transformada
en cenizas, pero tú eliges si quieres que tu libertad arda cuando mueras o
crepite hasta ser nada mientras vives aplastado por grilletes.

Carlos J. Eguren
admin@carlosjeguren.com
¡Cuidado! No leas esta biografía. ¡Te he dicho que no la leas! Si la lees, estarás condenado… En serio… ¿Sigues leyendo? Luego no me digas que no te lo he advertido: Carlos J. Eguren está muerto, solo que no se ha dado cuenta y sigue escribiendo desde ultratumba. Es escritor en Castle Rock, profesor en Arkham, periodista en Midian, divulgador cultural en Carfax, juntaletras en el omniverso y pasto de los gusanos en todas partes. Ha publicado cuatro novelas: Hollow Hallows, Devon Crawford y los Guardianes del Infinito, El Tiempo del Príncipe Pálido y La Eternidad del Infinito. Ya prepara mediante ouija sus próximas historias que formarán parte del libro de los muertos. Espera volver a aparecerse cuan primigenio cuando pueda escaparse de R'lyeh… Ahora ya has leído su biografía, ahora ya estás maldito. ¡Bienvenido!

6 comentarios sobre “El Reto del Juntaletras: ¿se puede luchar contra la censura literaria?

    1. Muchas gracias, Ro. Me alegro de que te haya gustado.
      Hace falta decir lo que pensamos.
      ¡Gracias por tu comentario!

  1. Pues hace relativamente poco me adentré en literatura que no era fácil de leer; es decir, me requería tiempo, esfuerzo, girar engranajes oxidados de mi cerebro y buscar mucha, mucha más información de la que el libro me proporcionaba porque lo daba por hecho.
    No me refiero, por suerte o por desgracia, a la narrativa, pues creo que en ese ámbito me adentro en cualquier estilo sin problemas; sino a ensayos, escritos sobre ciencia cuyos autores son Doctores en muchos, muchos ámbitos, tanto de ciencias como de letras. También me he adentrado poco a poco en la poesía.

    Y sí, cuesta. Te hace pensar, te amarga a veces porque sientes que no das para más. Pero si no das para más es porque aún no lo has intentado.

    Escribo como lectora, pues no soy escritora ni mucho menos, pero esta entrada puede tener paralelismo con otras muchas disciplinas.

    Un saludo y gran entrada. GRAN, GRAN, GRAN ENTRADA.

    1. Estoy muy de acuerdo en lo que dices: el hecho de intentarlo ya es un triunfo. Y es un ejercicio. Leer a ciertos autores de narrativa, ensayo o poesía es como correr un maratón. No esperes hacer mil kilómetros en un día. Qué va… Ve poco a poco, prepara tu cuerpo, tu mente y no desistas. Puede que el autor al final no te guste, pero tendrás argumentos más allá del simple "me gusta" o "no me gusta" que tanto abundan o el "no doy para más" de algunos lectores que piensan que una obra ambiciosa debe ser mala porque ellos son incapaces de leerla con el piloto automático puesto.

      Estoy de acuerdo en todo lo que te dices y yo también me siento identificado al leer cierto tipo de poesía, pero poco a poco, si se intenta, se mejora. Si nos quedamos con los brazos cruzados, pues… nada, seremos un poco más de esa masa que no piensa y eso no es bueno.

      ¡Gracias por el comentario, me alegro de que te haya gustado la entrada! ¡Saludos!

  2. ¡Hola! Es la primera vez que te comento, pero en general tus entradas siempre se me hacen interesantes 🙂 Definitivamente creo que existe censura de muchas partes. Yo no soy escritora de profesión ni nada, pero me gusta escribir y pues no, no es nada sencillo. A veces tú solito te dices: "mejor no, que van a pensar que estoy mal de la cabeza" jaja. Supongo que es normal tener un poquito de miedo de que otros lean lo que escribes. Grandes cosas pueden surgir si poco a poco vamos librándonos de los prejuicios.
    Un saludo 🙂

    1. Hola, Lu 🙂 El miedo propio jamás lo podemos eliminar, incluso a veces ayuda. No todo lo que escribimos es digno de que se lea. El problema es cuando ese miedo nos acorrala y no nos deja hacer nada, pero como bien dices, luchar contra los prejuicios e intentar mejorar son dos claves a la hora de romper con la autocensura y la censura ajena. Es hora de hacerlo. ¡Gracias por el comentario! ¡Un saludo! 🙂

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