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El canto de sirena de la secuela de Avatar

James Cameron es un tipo que nunca deja indiferente a nadie. Tras trece años de espera, ha vuelto a Pandora con la secuela de Avatar (2009), lo que ha generado un sinfín de opiniones divididas: por un lado, se le considera el autor de una nueva obra maestra, mientras que, por otro, se le tilda de megalómano. Nuestra época demanda que tomemos posiciones absolutas ante cualquier tema, especialmente si queremos tener algún tipo de impacto en la opinión pública. La paciencia y la perspectiva necesarias para valorar las cosas con equilibrio se han vuelto cosa del pasado.

No me considero un crítico, pero me gustaría compartir algunas reflexiones sobre lo que esta saga me ha sugerido. A mi parecer, Cameron siempre me ha recordado a George Lucas por su intensa voluntad de convertirse en un autor en el ámbito más comercial e industrial del cine, impulsando la tecnología hacia nuevos horizontes para plasmar las impresionantes imágenes que sin duda pueblan su mente. En este sentido, creo que es una figura en vías de extinción, destinada a ser absorbida tarde o temprano por los grandes estudios. Tras su retirada, dudo que veamos de nuevo a figuras de este tipo en mucho tiempo.

En busca de la utopía perdida

La primera incursión en Pandora, allá por aquel diciembre de 2009, no me enamoró como lo hicieron Titanic (1998), Terminator (1984) y Terminator 2 (1991), pero desde luego contenía algo especial que la hacía resaltar con respecto al resto de blockbuster de su época. La historia era sencilla, jugaba a dar la vuelta a algunos tropos, como quiénes eran en este caso los invasores alienígenas, y en especial buscaba construir un nuevo mundo desde cero. Como dice uno de los villanos: “eso lo respeto”.

Por lo demás, era la enésima historia de un salvador blanco y extranjero que ayuda a los nativos a recuperar el status quo unido a la fábula del “buen salvaje”. Una historia, si me permiten, muy occidental y repleta de tropos que nos encandilan y que ya el western puso de moda en su día. Cameron es hijo de su tiempo y su contexto, a pesar de que su ideología es claramente progresista dentro de los estándares estadounidenses, y no escapa de determinados tópicos narrativos que aceptamos sin darnos cuenta.

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¿Blockbuster con mensaje?

Lo que es innegable es que busca cosas que otros no pueden y, los que pueden, no quieren dentro de esta industria. El cine es un milagro, y este tipo mastodóntico de cine lo es más aún y creo que cada día valoro más las intenciones que el resultado final. Avatar, pese a las críticas generalizadas, logró convertirse en la película más rentable de la historia y eso hace que ahora, trece años después, estemos hablando de su segunda parte. Muchos lamentan que Cameron esté tan empecinado en esta saga y que, mientras tanto, se pierdan otras posibles obras por el camino, pero considero que cuando logras el estatus de “autor”, da igual en qué película o saga esté metido porque hablará de los temas que más le importen en ese momento.

Esta Avatar: The Way of Water (2022) es buen ejemplo de ello: el papel del ser humano en el progresivo deterioro del planeta, la civilización que cada vez nos vuelve más incivilizados, la pérdida de cualquier sensibilidad con la naturaleza y, como no, las profundidades y misterios de los mares y océanos, una cuestión que lleva fascinando desde siempre a Cameron. Dudo que en otra película, mundo u obra del canadiense no nos hubiéramos topado con esos mismos temas. Siento mucha curiosidad por saber hacia qué fronteras quiere llevarnos antes de que termine su carrera y espero estar ahí para verlo.

«Arréglese al estado como se conduce a la familia, con autoridad, competencia y buen ejemplo»- Confucio

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Las relaciones entre padres e hijos mueven esta secuela de Avatar.

Regreso a Pandora

La película que nos ocupa nos presenta a la familia de Jake y Neytiri después de varios años, la vuelta de los enemigos venidos de las estrellas y las viejas heridas que nunca cierran. Esto obligará a que la familia tenga que huir, dejar su hogar, y buscar nuevos horizontes en los que cobijarse. Como es natural, el agua y su flora y fauna se convertirán en uno de los focos centrales de la película desde diferentes puntos de vista. Es aquí donde Cameron logra desplegar un imaginario que, si prestamos atención y estamos dispuestos a ello, puede despertar en nosotros un sentido de la maravilla que quizás tengamos dormido. Nos presenta los mejores ejemplos de belleza, lirismo y poética de toda la obra y, probablemente, de su carrera.

Avatar 2: The Way of Water es un blockbuster, qué duda cabe, pero no tiene nada que ver con el resto de su género y es que se nota muchísimo que no trabaja para un estudio y unos algoritmos con el único objetivo de vendernos una historia más. Cameron busca despertar en nosotros una mirada que nos permita volver a conectar la naturaleza y ser conscientes de los problemas que estamos causando al planeta. Creo firmemente que el 3D es un elemento más que necesario a la hora de ver la película, porque esta se ha hecho expresamente para utilizarlo como un elemento narrativo más que ayuda a sentirte parte de una flora y fauna extraterrestre.

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La belleza de Pandora sigue estando presente en su secuela.

Personajes estancados

La historia, como suele ser habitual en la filmografía de este director, no es en absoluto compleja y es más un punto de partida para mover a los personajes de un lugar a otro y para mostrarnos el mensaje que comentábamos anteriormente. Todos los personajes se verán conducidos por motivos primarios: protección, venganza, miedo, curiosidad y necesidad. El interés de la obra radica en su propio mundo y en cómo hemos reflejado el nuestro en él. Básicamente, nos encontramos con un arco muy clásico, propio de las secuelas comerciales y de los blockbusters en general, donde vemos un inicio potente, un desarrollo más pausado y un final con mucho ritmo y potencia.

Sus personajes son quizás el aspecto más flojo del filme y es que no me parecen a la altura del resto del despliegue visual que nos muestra. Mientras que encontramos aquellos que representan a la nueva generación, los viejos personajes de la primera película, lejos de evolucionar, parecen estancados en un conservadurismo en el que el rol de familia tradicional cobra una importancia capital y donde Jake y Neytiri pierden matices que quizás sí que podríamos encontrar en la película anterior.

El propio Jake es un avatar que representa el rol tradicional de padre que consiste en ser un gran guerrero que protege a su familia, aspecto en el que incide en varias ocasiones, a la vez que se muestra frío con alguno de sus hijos, a los que educa en un régimen cuasi militar. Entiendo que se encuentran en una situación desesperada, pero no parece que el resto de su educación haya ido por otra vía. Puedo incluso entender que Cameron lo utiliza precisamente como crítica al mostrarnos las consecuencias de sus decisiones al final, pero si es así, es algo en lo que prácticamente no profundiza.

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El personaje de Jake parece haberse quedado estancado.

La pérdida de Neytiri

De todas formas, el personaje que más me ha sorprendido ha sido Neytiri, que pierde muchísima independencia con respecto a la película anterior, pese a ser un personaje importante en la tribu. Aquí la encontramos totalmente asentada en el rol de madre, con todos los estereotipos y tropos que se nos pueden venir a la cabeza. Continuamente se mueve basándose en lo que Jake considera más adecuado e incluso hay diálogos donde no pude más que llevarme las manos a la cabeza.

Probablemente, alguien piense que esto era lo normal en las tribus aborígenes en las que parece basarse Cameron, pero me parece una excusa pobre por diferentes motivos: hay tribus donde el sistema de gobierno está basado en un matriarcado, así que es una elección que ha realizado de manera premeditada y, más relevante, estamos tratando con una tribu alienígena a la que puedes darle los matices y pinceladas que quieras. Incluso si se tratase de una tribu patriarcal, Neytiri y Jake son personajes que en la primera película lograron sobresalir de los demás al ser capaces de “ver” más allá, juntando lo mejor de ambos mundos.

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La familia es el eje de Avatar 2.

La Edad de Oro

El villano es más de lo mismo también con respecto a la película anterior, con nuevos matices que podrían haber resultado interesantes si Cameron se hubiera molestado en explorarlos, pero solo encontramos algún esbozo. Compararlo con los grandes villanos del cine, como he leído por ahí, me parece cuanto menos irónico.

Los más jóvenes, sin embargo, sí que cuentan con matices que los hacen más interesantes, aunque las motivaciones de cada uno apenas son una pincelada de brocha gorda, resultan más interesantes que sus progenitores y muestran Pandora desde el punto de vista de una nueva generación destinada a heredar el futuro.

En cualquier caso, los personajes, como en la ciencia ficción de la Edad de Oro, no son más que herramientas para desarrollar la trama y el mensaje de su autor, que es más grande e importante que cualquiera de ellos.

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Los personajes son una mera excusa para la exposición de Cameron en The Way of Water.

El futuro no es ya lo que solía ser

Si miramos más allá, lo que encontramos es una película que demuestra la maestría que hay tras las cámaras y en la que se nos presenta un montaje paralelo al estilo de El Imperio Contraataca (1980). El director y su equipo consiguen aunar todas las tramas para dar lugar a una batalla final que, a diferencia de la primera película, es más contenido, menos universal, más personal y mucho más interesante. Es aquí dónde vemos al Cameron más clásico, aquel que nos encandiló con sus excelsas escenas de acción y que es capaz de lograr que el espectador no se pierda en ningún momento.

Logra, además, elevar el ritmo y el crescendo de la película hasta que nos sentimos verdaderamente ahogados por todo lo que está ocurriendo, logrando una belleza terrible, muy diferente del acto central, pero igualmente meritoria. La puesta en escena, la fotografía y la banda sonora se aúnan en lo que resulta un clímax muy satisfactorio en el que solo hecho en falta haber logrado una mayor empatía con sus personajes para que todo lo que ocurre me importe un poco más.

El final acaba rimando con la primera película, pero esta vez nos deja un poso más oscuro que depara un futuro aún por construir y qué veremos si nos lleva al cierre de la saga o a otra puerta por abrir.

 

¿Merece la pena ver esta película?

Como hemos señalado, Cameron es único en su especie y su obra lo es tanto como él. Aquí, además, se percibe que nos encontramos, aunque suene extraño, con un cine de autor con una gran mochila detrás, que incluso se permite el lujo de autorreferenciarse y de mostrar lo mejor de sí mismo. Sus imágenes son, en sí mismas, portentosas y rozan una lírica que probablemente jamás hallamos visto en CGI. Es tan increíble que, si te dejas los prejuicios en casa, olvidas que estás tratando con seres digitales y te crees realmente que están tan vivos como tú y yo. Como dice mi buen amigo Adrián Massanet, aunque sea ficción, hay más verdad que en nuestro mundo, cuyas atrocidades obviamos a diario. Si esta película llega a las generaciones que nos preceden y nos tomarán el testigo, probablemente les haga preguntarse si lo que estamos haciendo con nuestro mundo es diferente a un infierno en vida.

Ese es el poder de la ficción.

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Sr.Purpura
srpurpura@carlosjeguren.com
Nací en Monkey Island y escapé en una TARDIS hasta Tatooine. Colaborador de La fosa del rancor y Viajeros de la noche. Profesor de Geografía e Historia.

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