¡Nos vamos! ¿Adónde? ¡A París! ¿Y con quién? ¡Con Ray Bradbury! ¿Cómo? Sigue leyendo. Imagen libre de derechos, extraída de Pixabay.

Todos los años leo a Ray Bradbury. Es como una especie de chequeo para mi mente, mi alma y mi corazón, por cursi que suene. Lo siento, no es humildad ni nada parecido, es la verdad. Con sus palabras, Bradbury me da la vida en muchos sentidos. Existen artistas que lees para que te entretengan, otros para que te hagan pensar, y hay algunos que lees para vivir. Bradbury sería una mezcla de estos tres tipos de autores. Sus palabras me acompañan cuando estoy nostálgico, triste, feliz o melancólico. A riesgo de sonar a expresión cutre de Twitter, Ray Bradbury nos daba la vida.

Siempre nos quedará París es una colección pasional de cuentos del autor estadounidense (pasional, porque nace del impulso y el ánimo del escritor). Se aleja de la ciencia ficción y el terror en la mayoría de ellos. En todos, en cambio, Bradbury muestra un carácter lírico y un talante etéreo muy cercano al que nos ofreció en sus últimas obras. Estamos ante un autor que nos deja muchos pensamientos, muchas ironías y muchos juegos antes de apagar las luces y marcharse. Ya en su prólogo lo deja claro:

Los relatos que componen esta colección son la creación de dos personas: el yo que observa y el yo que escribe. Estados dos personas que viven en mi interior lo han hecho bajo un letrero que ha colgado sobre mi máquina de escribir durante setenta años: «no pienses, haz».

Portada de este volumen de cuentos de BradburyFuente.

¿Es Siempre nos quedará París una obra perfecta para nuevos lectores del escritor estadounidense? Tengo mis dudas. Me explico: puede que, porque ya llevo años leyéndolo, sería más adecuado iniciarse con Bradbury leyendo Fahrenheit 451 o su colección de relatos Crónicas marcianas. A continuación, El Hombre Ilustrado llena el alma. ¿Quiere saber cómo lo hace? Devore El zen en el arte de escribir, sus ensayos sobre este arte. A partir de ahí, ya podemos irnos hacia los parajes más etéreos como De la ceniza volverás y, a veces, podemos jugar con El árbol de las brujas, entre otras obras. Sea como sea, he escrito mucho sobre este autor (nunca lo suficiente) y siempre llego a la misma conclusión: Bradbury siempre nos acoge, pero su estilo (y la evolución de este) en obras como Siempre nos quedará París encaja mejor con aquellos que le han visto crecer a través de la bruma de las palabras.

Hay auténticas joyitas en sus páginas y, aunque no he roto a llorar con el final (como me pasó con Crónicas marcianas), sí creo que ha sido uno de esos chequeos que merecen la pena: me ha dado preguntas en sus historias impulsivas, luz en sus brillantes diálogos, entretenimiento, reflexión con sus premisas y, por supuesto, París. Eso solo te lo otorga alguien que te quiere y no podemos desperdiar a aquellos que nos aman, tenemos que amarles de vuelta. Gracias, maestro. 

Procure no darles muchas vueltas [a los relatos], intente únicamente amarlos tanto como yo. Son todos suyos.

P. D.: Y recuerden, mis estimados monstruos, que ya Gerard Way y Gabriel Bá nos desvelaron que la Torre Eiffel era un cohete, así que no es tan raro que Bradbury escriba sobre marcianos y ciudades perdidas en la memoria. 

Carlos J. Eguren
autor@carlosjeguren.com
¡Cuidado! No leas esta biografía. ¡Te he dicho que no la leas! Si la lees, estarás condenado… En serio… ¿Sigues leyendo? Luego no me digas que no te lo he advertido: Carlos J. Eguren está muerto, solo que no se ha dado cuenta y sigue escribiendo desde ultratumba. Es escritor en Castle Rock, profesor en Arkham, periodista en Midian, divulgador cultural en Carfax, juntaletras en el omniverso y pasto de los gusanos en todas partes. Ha publicado cuatro novelas: Hollow Hallows, Devon Crawford y los Guardianes del Infinito, El Tiempo del Príncipe Pálido y La Eternidad del Infinito. Ya prepara mediante ouija sus próximas historias que formarán parte del libro de los muertos. Espera volver a aparecerse cuan primigenio cuando pueda escaparse de R'lyeh… Ahora ya has leído su biografía, ahora ya estás maldito. ¡Bienvenido!

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