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«El secreto de la ficción es hechizar, crear una ilusión momentánea de que uno vive en el mundo de la historia misma»- Nalo Hopkinson.

En las últimas semanas he estado trabajando el texto descriptivo objetivo y subjetivo con mi alumnado. Puede parecer simple, pero es una de las cuestiones más arduas que existen. Podemos decir que «describir» es definir los rasgos de una persona, objeto, paisaje, escena… No creo que capte lo que en realidad significa ese término. Prefiero una definición más poética que decía una de mis profesoras más queridas: «describir es pintar con palabras». Qué metáfora más interesante… y qué certera.

¿Qué hay que hacer para describir?

1. Cerrar los ojos para ver.

No es una frase de gurú (no soy Yoda… entonces lo diría con un hipérbaton), pero es lo primero que deberíamos hacer. Contemplamos, reflexionamos, cerramos los ojos y traemos la imagen a nuestra mente. ¿Qué es lo que perdura? ¿Qué es lo más importante? ¿Qué lo diferencia de otras cosas? Y lo más importante, aunque no lo parezca, ¡tenemos más de un sentido!

2. Las palabras.

¿Qué palabras vamos a utilizar? Una de mis maestras me daba largos listados de palabras, sinónimos y antónimos que debíamos aprendernos… y le doy gracias por ello. Las palabras son nuestras armas (son poderosas, como aprendió Ged Gavilán) y tenemos que tener todo un arsenal de ellas. ¿Qué queremos transmitir? ¿Jugaremos con los recursos literarios para transmitir emociones? La palabra «burbujear» burbujea cuando escapa de nuestra voz, «ulular» hace que nos sintamos como un ave nocturna… ¿Cómo podemos transmitir sentimientos con palabras? Deberíamos ir tomando notas en un borrador.

3. Toca el orden.

No saltes de un punto a otro para luego volver al mismo punto a menos que quieras causar una sensación de caos. Incluso los cuadros de Picasso tenían orden, pese a tener un ojo por allí y una boca por allá (como todos, al fin y al cabo… Ya me entendéis).

4. Y escribe.

Y revisa. Y usa conectores. Y no te olvides de adecuar tu descripción a aquello de lo que quieras hablar. No hagas un texto para rellenar. No escatimes descripciones que sean necesarias. Refugíate en aquello que cuentas. No te conformes con contar sin más, ¡haz que tus lectores vivan tu historia!

A menudo, al describir, nos centramos en la vista, pero ¿dónde quedan nuestros otros sentidos? Pixabay.

Escribir es hacer sentir

Para describir necesitamos vocabulario y orden, pero también necesitamos la cualidad de sentir. No nos enseñan a sentir. Aprendemos poco a poco, desde que somos unos críos que tocamos todo o nos metemos cosas en la boca. ¡Qué difícil es describir sentimientos complejos como el amor o el dolor!

Existen clichés, por supuesto. Funcionan como una especie de estribillo cultural. Cuando no sabemos cómo expresar algo y caemos al vacío del silencio, logramos aferrarnos a un saliente que no deja de ser una frase manida y muy usada, pero que, quizá, nos salve la vida.

Por tanto, más allá de la sinestesia, captar la magia de los sentimientos, lo que vemos, oímos, saboreamos, olemos y tocamos, es complejo a través del lenguaje, pero no imposible, como demuestra este vídeo que sirve de refuerzo.

Conozco el trabajo de la escritora Nalo Hopkinson gracias a La casa de los susurros del Universo Sandman y, mientras me pregunto cuándo sus novelas empezarán a ser publicadas en nuestro país, me he encontrado con esta pequeña píldora informativa donde la autora nos habla de la importancia del lenguaje a la hora de describir.

Algunas de mis favoritas

Aquí os dejo con algunas descripciones (prosopografías, etopeyas, caricaturas, topografías, retratos…) que he guardado, porque me gustan. Varias suelo utilizarlas en clase. Utilizaré este post, en el futuro, para añadir descripciones que considere oportunas y que sirvan para futuras clases y para futuras historias.

«En algún momento del pasado más reciente, alguien había decidido animar los antiguos pasillos de la Universidad con una mano de pintura, con la vaga noción de que Aprender Debe Ser Divertido. No había salido bien. En todos los universos, es un hecho que no importa el cuidado con el que se elijan los colores, toda decoración institucional acaba siendo verde vómito, marrón inmencionable, amarillo nicotina o rosa vendaje usado. Por alguna ley de resonancia simpática apenas conocida, los pasillos pintados de estos colores siempre olían ligeramente a repollo hervido, aunque jamás se hubiera hervido repollo en los alrededores», Terry Pratchett, Ritos iguales.

«[Sobre el amor pasional] Es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, un alegre tormento»- La Celestina, Fernando de Rojas.

«El capitán Hardcastle ostentaba un bigote del mismo color que el cabello ..¡Y qué bigote! Una visión realmente aterradora Un seto espeso de color naranja que le brotaba y florecía entre la nariz y el labio superior y le cruzaba enteramente la cara de mejilla a mejilla Pero no era uno de esos bigotes como cepillos de uñas, recortados, hirsutos y punzantes Ni tampoco un mostacho largo y caído como los de las morsas Nada de eso Llevaba las guías rizadas espléndidamente hacia arriba como si se hubiera hecho en él la permanente o, tal vez, como si se lo rizara con tenacillas calentadas todas las mañanas en un infiernillo de alcohol. Solo había otra forma de poder conseguir aquel rizado, decidimos los chicos, y era peinándoselo insistentemente hacia arriba con un cepillo de dientes duro, frente a un espejo, todas las mañanas […].

Detrás del bigote habitaba un rostro enardecido y fiero con una frente profundamente fruncida que denotaba una inteligencia muy limitada ..“La vida es un embrollo”, parecía estar diciendo aquella frente tan surcada,surcada,“y el mundo, una palestra peligrosa Todos los hombres son enemigos, y los niños son insectos que se volverán y se picarán si no los enganchas tú antes y los aplastas bien aplastados»- Roal Dahl, Boy, relatos de la infancia.

«Ella mira detrás de los protectores faciales, y siempre encuentra rostros atractivos y serenos, como una casa en la que no vive nadie, pero se dispone de personal que le limpia a diario»- Amal El-Mohtar y Max Gladstone, Así se pierde la guerra del tiempo.  

 «La calle está más silenciosa que de costumbre. Callada. Como si recordase»- Catriona Ward, La casa al final de Needless Street.

«Los niños son como una cadena en torno al corazón o el cuello, y tiran en todas las direcciones»- Catriona Ward, La casa al final de Needless Street.

«Las estaciones se buscan unas a otras, como el hombre y la mujer, a fin de poder curarse de sus propios excesos. La primavera, si persiste más de una semana de su límite final, empieza a tener ansias de que el verano ponga fin a los días de promesas perpetuas El verano, a su vez, pronto comienza a sudar, pidiendo algo que sacie su calor, y el más mórbido de los otoños, por último, acaba por cansarse de la afabilidad y anhela que una rápida y penetrante escarcha aniquile toda su fecundidad Incluso el invierno la estación más dura, la más impecable sueña con la flama que enseguida lo derretirá mientras febrero avanza sigilosamente Todas las cosas se cansan con el tiempo y comienzan a buscar algún oponente que las salve de sí mismas Entonces, cuando agosto dio paso a septiembre, se oyeron muy pocas quejas», Clive Barker, El corazón condenado.

Captar el mundo

Para mí, como juntaletras, describir es una cuestión compleja. Casi siempre me centro en la vista y me olvido de todos los demás sentidos. Y es una pena. Nuestra cultura vive de lo que contemplamos, pero tenemos otros sentidos dormidos o anestesiados.

Aparte de leer a autores que han hablado de ello (recomiendo este post de Gabriella Literaria) o contar con múltiples ejercicios (prescindir de la vista y centrarte en otros sentidos o cualquiera de los consejos de Sinjania), tengo una libreta donde suelo apuntar símiles, metáforas o descripciones que me gustan de lo que voy leyendo. Quiero saber con qué mecanismos funciona, qué palabras utiliza, qué aliteraciones encierra…

Con el paso de los borradores, voy añadiendo metáforas, palabras o cuestiones que me resultan interesantes de aquello que he leído (somos aquello que leemos). Si fuese un mayor lector de poesía, seguramente dominaría mejor esta técnica (por eso, no hay que abandonar la poesía). De lo que estoy seguro es que existen maestros de las descripciones como Terry Pratchett, H. P. Lovecraft (incluso cuando abusa de los adjetivos extraños o te dice que no se puede describir algo -pero al final te lo describe), Amal El-Mohtar y Max Gladstone, Neil Gaiman, Alan Moore, Federico García Lorca, Ray Bradbury, Clive Barker, Ursula K. Le Guin… Estos autores no se conforman con decirte qué pasa o cómo son las cosas, sino que hacen que las vivas.

Por tanto, cuando (d)escribimos, buscamos que nuestro lector sienta. A menudo, nos centramos en la vista, pero hay más sentidos. Eso me hace recordar una estupenda anécdota que tengo: hace un par de cursos, tuve a una estudiante fantástica que era hipoacúsica. Tenía implante coclear. Ese día hicimos una actividad de dibujar siguiendo los sentimientos que nos transmitía. Solo tras escuchar la canción por primera vez, me di cuenta de que la alumna había estado dibujando. Entonces le pregunté: «¿Cómo dibujas la música?» y ella me miró, con una grandísima sonrisa, y me dijo con su voz alta y rotunda: «No dibujo el sonido de la música. Dibujo la vibración». Me pareció interesantísimo. Yo me centraba en lo que escuchaba, pero ella se sentraba en otra cualidad, en otra forma de adquirir información sensorial y que debía ser muy superior a la mía, dada su situación. Cada uno dibujaríamos la música de muchas maneras distintas, pero ninguno podríamos dibujarla como ella.

Somos únicos. Nuestro modo de captar el mundo, también lo es. Compartir nuestras emociones, vivencias, sentimientos… eso es lo que nos hace humanos y es ahí donde radica la grandeza de las historias. Y nunca deberíamos dejar de perseguirla.

Y por último, un ejercicio: ¿cómo lo describirías? Fuente.

 

Carlos J. Eguren
autor@carlosjeguren.com
¡Cuidado! No leas esta biografía. ¡Te he dicho que no la leas! Si la lees, estarás condenado… En serio… ¿Sigues leyendo? Luego no me digas que no te lo he advertido: Carlos J. Eguren está muerto, solo que no se ha dado cuenta y sigue escribiendo desde ultratumba. Es escritor en Castle Rock, profesor en Arkham, periodista en Midian, divulgador cultural en Carfax, juntaletras en el omniverso y pasto de los gusanos en todas partes. Ha publicado cuatro novelas: Hollow Hallows, Devon Crawford y los Guardianes del Infinito, El Tiempo del Príncipe Pálido y La Eternidad del Infinito. Ya prepara mediante ouija sus próximas historias que formarán parte del libro de los muertos. Espera volver a aparecerse cuan primigenio cuando pueda escaparse de R'lyeh… Ahora ya has leído su biografía, ahora ya estás maldito. ¡Bienvenido!

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